Retomando la enseñanza de Mateo 11:28-29, se enfatiza que el llamado de Jesús es a aprender de Él y llegar a ser como Él. En este contexto, se explica que el discipulador, al igual que cualquier creyente, puede cometer errores y continúa viviendo un proceso de crecimiento espiritual. Sin embargo, lo más importante es mostrar a quienes caminan a su lado cómo Dios obra en medio de sus debilidades y cómo responde con arrepentimiento y dependencia del Señor, tal como lo expresa 2 Corintios 12:10.
El referente perfecto del discipulado no es el discipulador, sino Jesucristo, quien nunca falla, nunca cambia y nunca se equivoca. El Espíritu Santo es quien redarguye, guía y transforma la vida del creyente. Por ello, el propósito del discipulado es que la persona se identifique con Cristo y lo tenga como modelo supremo, sin dejar de aprender también del testimonio y la experiencia de quienes la acompañan en su crecimiento espiritual.
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