Se presentan los pilares que favorecen la madurez espiritual tanto del creyente como de las personas que son discipuladas. Estos incluyen una relación de intimidad con Dios, una relación de obediencia a la Palabra de Dios, el acompañamiento de un discípulador o pastor, la fraternidad dentro de una comunidad y una vida de servicio como expresión del compromiso cristiano.
Asimismo, se enfatiza que la clave del crecimiento espiritual es la intimidad con Dios, ya que constituye el fundamento que permanece firme en todo tiempo. Junto con ello, se resalta la importancia de mantener una relación constante con la Palabra de Dios, como base para el discipulado y la formación de una vida cristiana madura.